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La ansiedad y la depresión cuando se enfrentan

Olie Cane

Imagina la ansiedad

Imagina que sientes un miedo constante por la posibilidad de que ocurra algo malo.

Imagina que no puedes salir de casa sin compañía, porque te has convencido de que vas a sufrir un ataque de pánico que no podrás manejar por tu cuenta.

Imagínate que tienes un ataque de pánico en la escuela o el trabajo y que no puedes hacer nada, salvo sentarte y esperar a que pase la tormenta, porque si reaccionas, todos pensarán que causas problemas.

Imagina que sientes como si te fuera a dar un infarto, que no puedes respirar, pero haces cuanto puedes para ignorarlo y no molestar a los demás.

Imagina que siempre tratas de hacer que los demás te quieran.

Imagina que piensas que todos te odian en secreto y que sientes una necesidad incontrolable de demostrar que vales, ya que, por alguna razón, te importa lo que piense la gente.

Ahora imagina la depresión.

Imagina que te falta motivación hasta para levantarte por la mañana.

Imagina que en cuanto te levantas, te pones a cuestionar tu valía como persona.

Imagina que tratas de hablar de eso con alguien, pero todos reaccionan de la misma manera: “¡Ah, sí! Yo también me pongo triste a veces” o “¡Agradece lo que tienes! ¡Hay miles que están peor que tú!”

Imagina que les crees.

Imagínate pensando que tienen razón, que exageras y que esta horrible sensación que tienes no importa.

Imagínate pensando que tú no importas.

Ahora imagina que sientes las dos cosas al mismo tiempo.

Imagina que no tienes ningún motivo para levantarte de la cama, pero, al mismo tiempo, te preocupa que se te vaya a hacer tarde.

Imagina que quieres hacer todo a la perfección para contentar a los demás, pero luego piensas que no tiene caso y cancelas todos tus planes.

Imagínate que la mitad de ti está demasiado preocupada y a la mitad no le importa nada.

Imagina que todo el tiempo tratas de saber qué pasa contigo.

Una voz te grita: “¡Haz algo! ¡Tienes que hacer algo! Si no haces algo, todos van a detestarte”. Y otra voz gime y se queja: “Ni te molestes, nadie se va a fijar. Mejor regrésate a tu casa. Ahí nadie espera nada de ti”.

Imagina que se libra esta guerra en tu cabeza.

Que nunca termina.

Que siempre está en el fondo de tus pensamientos.

Los dos bandos pelean por controlarte.

Pero ninguno ganará, ninguno perderá.

 

 

 

Fuente:

The Reality of Anxiety and Depression Working With and Against Each Other

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