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Chris Cornell: Cuando el suicidio no tiene sentido

Julie A. Fast

¿Cómo es posible que estas personas se quiten la vida? Para encontrar la respuesta, tenemos que entender mejor el suicidio como enfermedad.

 

A veces, una persona muere por suicidio y podemos hacernos una idea de lo que ocurrió. Es terrible y sacude nuestro mundo, pero creemos que podemos entenderlo en un nivel muy básico. Un ejemplo que viene a la memoria es el suicidio de Robin Williams. Tenía antecedentes de depresión y su salud se había deteriorado. Claro, todos hubiéramos querido que recibiera más ayuda, pero me parece que fue más la devastación y el desconsuelo de los millones que lo amaban que la sorpresa por su muerte.

 

En otra categoría se encuentran los suicidios que no tienen sentido. El acto no concuerda con lo que sabíamos de la vida de esa persona ni con lo que proyectaba en público. La pareja y los seres queridos quedan conmocionados y niegan con vehemencia que se haya suicidado. La sociedad prefiere buscar algo más profundo cuando se sabe que esa persona no era abiertamente suicida. Quizá escondía un secreto existencial o tal vez les había mentido a todos.

 

Por mi parte, tengo una opinión diferente, basada en una experiencia muy personal que quisiera compartir. Hay muchas clases de suicidio. Algunas tienen un trasfondo social o cultural y son aceptadas, como el seppuku, que se parte del código de honor bushido de los samuráis japoneses. En ciertas personas, el suicidio es un acto de soledad y desesperación que corresponde a lo que pasa en su vida en ese momento; el suicidio es una reacción a los acontecimientos.

 

Otra forma de suicidio se debe a una enfermedad cerebral y lo llamo “suicidio de la química cerebral”. Quienes lo realizan son personas que “lo tienen todo”, que cumplen con su trabajo y llevan una vida en sociedad. Son personas como Chris Cornell.

 

¿Cómo es posible que alguien que lo tiene todo se arranque la vida?

 

Para encontrar la respuesta, tenemos que entender mejor el suicidio como síntoma de una enfermedad, como un síntoma que puede manifestarse súbitamente. En lugar de pensar que el suicidio es una decisión consciente que toma alguien que ya no quiere vivir, tenemos que ver el otro lado del suicidio. Es la vida suicida que conozco.

 

Es muy fácil saber quién soy consultando internet. Soy una destacada especialista mundial en el trastorno bipolar y he vendido más de 450 000 ejemplares de mis libros. Soy docente de manejo del trastorno bipolar. Soy completamente franca en cuanto a mi lucha diaria con la enfermedad. Desde todos los puntos de vista, tengo controlado mi trastorno bipolar. Mis relaciones son estables y le enseño a los míos cómo asistirme. Sigo con mi vida pese a tantos obstáculos de salud. Ayudo a los suicidas y sé qué efecto hubiera tenido mi suicidio en mi familia y mis lectores. Cualquiera pensaría que por todo esto sería inmune a los episodios suicidas.

 

Pero no.

 

El año pasado me mudé al sur de Francia para cumplir un sueño. ¡Lo logré! Me inscribí en la escuela y comencé a alternar entre la vida laboral y la escolar. Todo iba bien. Un día, estaba en mi habitación en Cannes. Alcanzaba a oír las olas del mar Mediterráneo desde mi ventana. Veía unas preciosas casas pintadas de naranja y amarillo con tejado de arcilla. Escuchaba el imponente sonido de los trenes que pasaban por mi ventana rumbo a París. Era el paraíso. Me había sentido algo deprimida varios días, pero supuse que era por un cambio tan grande en mi vida. En general, sabía que había tomado la decisión correcta.

 

Y entonces oí una voz irresistible que me decía: “Julie, salta por la ventana. Salta ahora”. En el mismo instante, tuve la intensa sensación y el convencimiento de que todo sería mejor si me mataba. Me pareció tan real y tan normal como sentir una inclinación a ir a la playa. No pasaba nada, de veras nada personal en mi vida que justificara esta sensación. Para quienquiera que considerara mi vida, no era lógico que fuera suicida.

 

Pero algo en mi cerebro le confiere sentido a la situación. Mi trastorno anímico viene con depresión suicida. Se activa sin que tenga que sentirme abatida o contrariada. Simplemente ocurre cuando se activa. Se siente tan real como la respiración. Oigo la voz, surge la idea y, en mi caso, veo una película en la que yo misma salto sin mayor demora. Algo dentro de mí me grita: “¡Vamos, Julie, hazlo!”

 

Es visceral. Es magnético, hipnótico y REAL. Los compuestos químicos del cerebro son mucho más potentes que cualquier medicamento y cuando los míos estallan, me vuelvo suicida. He estado cerca de morir muchas veces. Al cabo de unos minutos, el plan para caso de suicidio que me preparé hace veinte años me hace ver a través del episodio químico y pido ayuda de inmediato. No todos tienen un plan para contrarrestar las ideas suicidas de origen químico, pero yo sí.

 

Si no hay un plan para enfrentar esos pensamientos suicidas repentinos e inexplicables, el suicidio que sobreviene no puede explicarse por los acontecimientos de la vida. En estas situaciones, ganan los compuestos químicos. Gana la enfermedad. No es que uno se mate, es la enfermedad la que mata.

 

Por eso se trata de una clase diferente de suicidio.

 

Si se considera mi vida, no parezco una candidata al suicidio. Pero si se considera mi enfermedad, soy una suicida en potencia. El año pasado, aparte de la enfermedad no sucedía nada en esa habitación que explicara de ninguna manera la idea de saltar por la ventana.

 

Recuerdo que después de pensar en saltar me senté, me puse a llorar y me dije: “Dios mío, estoy mucho más enferma de lo que creía”. Me tardé algunos días en darme cuenta de que mi química cerebral reaccionaba al nuevo somnífero. Suspendí el medicamento y las ideas suicidas desaparecieron por completo en dos días. Durante una semana corrí un gran riesgo de suicidio y bien pude haber muerto en una de las épocas más felices de mi vida.

 

Chris Cornell hablaba francamente de la depresión. Es una enfermedad que nunca desaparece, sino que nos movemos a través de ella. Tener hijos y escribir libros y componer canciones y hacer felices a millones con nuestra obra, pero la depresión es compañera de muchos de nosotros. Lo entendemos si se trata de diabetes, de problemas cardiacos o de algunas variedades de cáncer. ¿Por qué no lo entendemos en el caso de la depresión?

 

Es posible que al leer la noticia de Chris Cornell uno se pregunte cómo es posible que alguien que tiene una esposa y tres hijos hermosos, que toca en uno de los mayores grupos musicales del mundo y que acaba de ofrecer un espectáculo en vivo con un gran éxito vaya a su habitación y se mate.

 

Si su cerebro era como el mío, estaba enfermo y se activó algo que desembocó en un acceso suicida. Quizá no tenía nada que ver con su vida maravillosa. A veces, una enfermedad es más fuerte que la persona. A veces, las medicinas causan un desastre en la delicada química cerebral.

 

La creencia en que la ideación suicida desaparece si una persona lleva una buena vida es una completa mentira.

 

La creencia en que amar y tener hijos hermosos por los que uno daría la vida evita las ideas suicidas es mentira.

 

A veces, esta enfermedad es tan fuerte que mata a alguien tal como si hubiera muerto de un infarto.

 

No conocí a Chris Cornell, pero sé por qué personas que lo tienen todo se quitan la vida. No sé cuál era la situación de sus relaciones personales, pero sé lo que ocurría en su cerebro.

 

Muchas veces me siento abrumada por el tono lúgubre que rodea al tema del suicidio. Los comentarios en voz baja y la vergüenza están fuera de lugar. Cuando entendamos y tratemos la conducta suicida como una enfermedad, terminaremos por fin con la epidemia de suicidios.

 

Si hablamos francamente del lado químico de las ideas suicidas, les enseñamos a detenerse a quienes están en el momento más intenso de la ideación suicida, tal como si tuvieran los síntomas de un accidente vascular, y a decirse: “¡Alto! Esto no soy yo ni es lo que quiero. Necesito atención inmediata”.

 

No le hice caso a la voz que me decía que saltara por la venta no porque yo sea más fuerte que los demás. No tengo más fuerzas que nadie. Si no le hice caso fue porque aprendí que esto es lo que pasa cuando mi cerebro bipolar deprimido se pone malo. Podemos enseñar a los demás la misma lección.

 

Chris Cornell: Siempre te recordaré. Saliste a escena con pantalones negros de cuero, camiseta blanca y chamarra color camello. Eras la onda, ¡una bomba! Y empezaste a cantar y mi hermano y yo entramos en órbita. Te queremos.

 

Julie A. Fast es especialista líder en trastorno bipolar y una aclamada conferencista y terapeuta familiar muy solicitada por los medios de comunicación. Escribe un blog, www.juliefast.com, y es coautora de Amar a un bipolar.

 

 

 

Fuente:

http://www.huffingtonpost.com/entry/chris-cornell-when-suicide-doesnt-make-sense_us_591e2496e4b07617ae4cbaac

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