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Lo que necesitamos entender sobre los que mueren por suicidio

No dejes que la forma en la que murieron defina la forma en la que vivieron.

Autora: Victoria Telfer

Traducción: FAN

Era muy joven cuando la enfermedad reclamó su vida. Pasó muchos años sin diagnóstico ni tratamiento. Algunos días, se sentía mejor con remedios autorrecetados; otros días se sentía peor. Por fin, su familia la llevó al médico, pero era demasiado tarde. Murió antes de que terminara el año.

A todos nos pasa igual con cualquier enfermedad. Repetimos las mismas situaciones. Caminamos por la cuerda floja de la esperanza, tratando de mantener el equilibrio a la mitad de una verdad ineludible: somos impotentes. Es abrumadora nuestra insignificancia ante el cruel rostro de la muerte.

Nos tomamos las manos y contenemos las lágrimas. Nos desvelamos, sentados en la cocina cuando debíamos estar en la cama. Nos sobresalta el teléfono. Le damos vueltas a los detalles con los amigos. Le preguntamos al médico: “¿Hacen todo lo que está en sus manos? ¿Lo hacen bien? ¿Hay otro médico que pudiera ayudarlo más?” Damos las gracias por lo que tenemos. Contamos los días; luego, los minutos. Antes de darnos cuenta, retenemos el aliento cada segundo.

Cuando se acaban los segundos, el funeral transcurre sin relieves. El dolor está tan extendido por cada centímetro del cuerpo, que apenas se puede distinguir. La comida sabe polvosa. Si tenemos la energía de concentrarnos en lo que nos dicen, nos parece de una absoluta insignificancia. Cuesta trabajo creer que así hablábamos hace muchísimo tiempo. Lo seguro es que no volveremos a hablar de esa manera.

Las condolencias que recibimos, los seres queridos en duelo, son muchos y realmente nos compadecen. Son cariñosos y sinceros, pese al paso del tiempo. Este afecto me hace un nudo en la garganta. Es inevitable que personas bien intencionadas pregunten qué sucedió. La opresión de la garganta sube y me sofoca. Les explico que se suicidó.

Miro cómo cambian. Arrugan el ceño y chasquean la lengua. Todos reaccionan igual. Lo que un momento antes les parecía la tragedia de una muerte inocente se convierte en la declaración de un crimen artero. De repente, cambian las culpas, como si toda muerte fuera el escenario de un delito y todos fueran sospechosos, menos Dios.

Para ayudar a los que sufren enfermedades mentales, como la depresión, tenemos que empezar por aceptar que ser víctima de una enfermedad mental es tan irreprochable como sufrir cualquier enfermedad física. Imaginemos que vamos a la guerra sabiendo que si caemos, en lugar de que nos recuerden por nuestro valor, nos condenarán por haber sido incapaces de salir adelante. Tenemos que entender que estas víctimas no cometen actos de violencia en su contra por un capricho. Tenemos que aceptar que se van a la guerra todos los días y que cada día que terminan de pie es una victoria.

Debemos aceptar que tienen sus realidades, en lugar de obligarlos a aceptar las nuestras. Quienes preferimos enriquecer nuestra vida con el poder del pensamiento positivo, tenemos que entender que para otros es químicamente imposible hacerlo. ¿Le pedirías a un amigo que lucha con una enfermedad que se esfuerce más? ¿Le sugerirías que se buscara un pasatiempo o que saliera más veces para disfrutar el atardecer? ¿Le dirías que así va a curarse? ¿Serías capaz incluso de hacerlo sentir que tiene alguna responsabilidad por el desenlace de su enfermedad?

Las ideas suicidas son tan reales y dañinas como las células cancerosas que se extienden en un organismo y se llevan su vida. Como con el cáncer, hay una posibilidad de que quienes sufren una enfermedad mental respondan al tratamiento y aprendan a volver a vivir. Pero por otro lado, y también como el cáncer, la enfermedad puede agotarlos hasta que no les queden fuerzas para luchar. No importa de qué enfermedad de trate, al final, puede arrancarnos a nuestros seres queridos, muchas veces con violencia, y dejarnos con la impresión de que fue deliberado.

No cometamos con nuestros seres queridos la injusticia de creer esta mentira. Su enfermedad ya les robó la vida; no dejemos que se manche su recuerdo en la muerte. Ya no queremos seguir pidiendo disculpas por ellos. No queremos, porque nos parece que no hay nada de qué disculparse, aunque otros no puedan, porque no todavía no los perdonan.

Que ya no nos pidan que los disculpemos. Que ya no nos pidan que los recordemos por su derrota definitiva. Déjenos recordarlos por cada día que pasamos juntos, pues cada recuerdo es una victoria persistente.

via The Mighty

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